7 sept 2018

Se avessi mai commesso


Se avessi mai commesso il peggiore dei crimini, per sempre manterrei la stessa fiducia, poiché io so che questa moltitudine di offese non è che goccia d’acqua in un braciere ardente.
Oh, se potessi avere un cuore ardente d’amore che resti il mio sostegno, non m’abbandoni mai,
che ami tutto in me, persino la mia debolezza, e non mi lasci mai, né il giorno né la notte.
Non ho trovato mai creatura capace
d’amarmi a tal punto e senza mai morire,
di un Dio ho bisogno, che assunta la mia natura si faccia mio fratello, capace di soffrire.
Io so fin troppo bene che le nostre giustizie non hanno ai Tuoi occhi il minimo valore, ed io, per dare un prezzo ad ogni mio sacrificio,
gettare lo vorrei, nel Tuo divino cuore.
No, Tu non hai trovato creatura senza macchia, dettasti la Tua legge, tra i fulmini del cielo,
e nel Tuo sacro cuore, Gesù mi nascondo,
non tremo perché sei la sola mia virtù.
S. Teresa di Gesù Bambino, monaca carmelitana

(En el día penitencial del curso de Teología del Cuerpo - Roma 2018)

21 dic 2015

¿Qué es un santo?

"Santa" es la persona que, habiéndose abierto a la gracia de Cristo y secundando dócilmente la acción de su Espíritu, se ha dejado conquistar por su amor y le ha correspondido con la espontaneidad de su amor; de este modo, se ha entregado incondicionalmente y, por tanto, de manera constante y creciente (a pesar de las debilidades y los errores), a él, conformándose con él, con sus criterios y sus caminos. Por consiguiente, ha vivido en unión con Cristo, haciendo en todo la voluntad del Padre, aceptando amorosamente los planes y proyectos que tenía para ella, con el fin de constituir un miembro del cuerpo místico de Cristo, al que no solo correspondía desempeñar una función y una misión determinadas, sino también poner de manifiesto un aspecto particular de la fisonomía espiritual de Cristo. (...) Toda persona que está unida íntimamente a Cristo atrae a los hombres a él, de modo que, impactados y fascinados por su bondad, suban hasta la cabeza, que es la fuente.

22 ene 2015

La Tragedia de la Vida Consagrada


Cuando un sacerdote de pueblo, de barrio, de ciudad, en las misiones o en un colegio…se sienta en un Confesionario y dedica un tiempo concreto y diario a este Sagrado menester que es la Confesión y el Acompañamiento Espiritual, en poco tiempo uno va palpando los milagros que hace el Señor cuando lo dejamos.

El que en la puerta de una Iglesia, de un colegio, una capilla… haya un papel grande anunciando que hay un Sacerdote en el Confesionario todos los días de tal hora a tal hora, esto es una revolución tan grande que hace temblar hasta a los demonios. Porque el mundo está en sus cosas, sus líos, sus alegrías y sus ruidos. Pero los corazones tienen la impronta de su Creador y hay momentos en la vida que un corazón tiene la necesidad de que se le escuche en secreto de Confesión.

Aparentemente todo sigue igual, el pobre sacerdote un día y otro y otro allí sentado en el confesionario y no va nadie, o si va alguien, es una piadosa abuelita que sigue luchando por vivir en la gracia de Dios. Pero la gente sabe que el Sacerdote está sentado allí en el confesionario, vaya gente o no vaya. La puerta de la Iglesia está abierta y el Sacerdote sigue allí sentado. Esto es lo que visiblemente vemos. Pero nosotros los cristianos como bien decimos en el Credo, creemos en lo visible y lo invisible. Y lo que no nos podemos ni imaginar es que mientras pasan los días y el sacerdote se sienta en su confesionario y ofrece sus oraciones y sacrificios… Y la paciencia. El Espíritu Santo, los Ángeles de la guarda, la Santísima Virgen María… El Cielo entero está haciendo de las suyas para que a los corazones no se les olvide que tienen a Cristo en el Confesionario esperando.

Y cuando uno menos se lo espera comienzan a llegar las almas. Y personas que si te ven por la calle posiblemente no te saludan o incluso te dicen palabras malsonantes. Pero el mundo es así, está lleno de caretas y mentiras, y no hay que darle mayor importancia. Lo realmente importante es que las almas comienzan a ir al Confesionario a buscar a Dios. Qué pena que muchos sacerdotes todavía no conozcan este milagro.

Y en este milagro que es el que un alma vaya al confesionario, aparece otro milagro: La conversión de los corazones. Las personas parecen despertar de un letargo, de los ojos parece que se les cae como una venda puesta por el demonio y el alma parece salir de una anestesia en la que vivía adormecida. Las personas comienzan a asistir a las Santa Misa del Domingo, le das un libro espiritual… y un día ocurre lo que no podías imaginarte:

Llega un joven de 20 años y te dice: Padre he terminado de leer los escritos de San Juan de la Cruz y la biografía y después de mucho rezar siento que Dios me está llamando a ser Carmelita descalzo.

Llega otro joven de 18 años y te dice: Padre he visto una película de San Francisco, he leído el libro que me dejó “La sabiduría de un pobre”, he estado de retiro y siento que Dios me llama a ser un fraile de San Francisco de Asís.

Llega otro joven de 25 años, muy inteligente, acaba de llegar de estudiar en París: Padre he estado leyendo a Santo Tomás de Aquino, he leído sobre él y también sobre Santo Domingo. Después del retiro que hemos tenido por Pentecostés creo que quiero ser fraile dominico.

¿Es muy fuerte los que estáis leyendo verdad? Pues son todos casos ciertos entre otros muchos que si los pusiéramos por escrito nos faltarían hojas. DIOS SIGUE LLAMANDO. Dios ha puesto en su Iglesia unos carismas de donde han nacido Santos. Y ahora viene la GRAN TRAGEDIA:

El sacerdote lleva a un joven al Carmelo, a otro a los franciscanos a otro a los dominicos, salesianos, claretianos, padres blancos… o cualquiera de la órdenes y congregaciones de antaño que tanta gloria dieron a Dios. ¿Y qué ocurre? Que el joven no dura ni un mes.

¿Qué te ha ocurrido muchacho?. Y entre lágrimas te dice: Padre, mi corazón perece haberse roto, cuando llegué allí el espíritu de San Juan de la Cruz ya no estaba, o el de Santo Domingo… Apenas se reza, no había oración personal, no se reza el Rosario, los frailes ya no se ponen el hábito, es como si varios solteros se hubieran juntado para vivir en común, la televisión está todo el día puesta. Falta piedad, no hay vida de sacrificio y austeridad, no hay alejamiento de la mundanidad… Son personas muy buenas, pero no buscan la santidad, no buscan la perfección cristiana. El mundo se ha metido en el convento y en los corazones.

El joven te describe con exactitud la clara y dura realidad que se vive en la mayoría de las órdenes masculinas en la actualidad. Y cuántas lágrimas derrama un sacerdote al ver que el regalo que Dios puso en su Iglesia para dar cobijo a las distintas vocaciones se está marchitando. No hay que ser muy avispado para darse cuenta de que la falta de fidelidad a los carismas que Dios ha puesto en su Iglesia está dando su fruto: cada año se cierran más conventos y casas de formación, las órdenes se tienen que reestructurar en provincias más amplias por la falta de vocaciones, la edad media en las órdenes masculinas es de 65-70 años…

Y dónde terminan todos esos jóvenes que Dios sigue llamando con la vocación de San Francisco, de San Juan de la Cruz, de Santo Domingo, de San Juan Bosco… ¿Dónde terminan? O casados o en el Presbiterio Diocesano la mayoría.

Las mujeres han tenido un poco más de suerte, todavía quedan ramas femeninas que han permanecido fieles al espíritu que Dios puso en el fundador o fundadora.

¡Cuánto se tiene que reflexionar este año de la vida consagrada! ¿Serán capaces los encargados de esta reflexión en las altas esferas de ver con verdad lo que está ocurriendo en muchas órdenes y congregaciones? ¿Llegarán a ser honestos y honestas todos los que se están cargando órdenes que han dado santos a la Iglesia?

Yo le pido a Dios que sean honestos al menos. Porque es increíble que una monjita de turno comience a dar rienda suelta a su imaginación y confabule a las demás hermanas para quitar las rejas de un locutorio, cambiar el hábito, quitar ciertas costumbres de la orden… Y de pellizco a pellizco, nos encontramos órdenes y congregaciones que han perdido todo el carisma fundacional. Hay que ser más honestos, y si una monjita siente en su corazón que Dios la llama a una nueva aventura, que se salga y funde. Pero que no se cargue un carisma de siglos de historia.

Todavía recuerdo cuando vi por primera vez un monasterio de clausura nuevo, levantado tras vender uno de los monasterios más antiguos de una diócesis para hotel y al entrar, habían quitado las rejas del locutorio, las monjas habían cambiado el hábito, tenían piscina, televisión… Y dos pobres monjitas vestidas con el hábito fundacional en sillas de ruedas me decían: ¡Cuánto echamos de menos lo que fuimos! Aquí ya no vendrán novicias para vivir la santidad. Y no se equivocaron, hace años y años que no ven ni una sola vocación, cuando ese monasterio fue un hervidero de chicas que querían entregar sus vidas en la clausura. Y lo peor de todo: Hay chicas que al leer los escritos de la Santa Fundadora de esta congregación sienten la llamada a seguirla y quieren ser lo que no pueden ser, ya que unas cuantas monjas no han sido honestas. Recemos por la vida consagrada y por los cientos de chicos y chicas que siguen siendo llamados por Dios, para que las órdenes vuelvan a ser lo que fueron: FIELES AL CARISMA QUE DIOS PUSO EN SU FUNDADOR/A Y A LAS COSTUMBRES QUE HICIERON CRECER SANTOS EN ESA PARCELA DE LA IGLESIA.

P. Francisco Javier Domínguez
2 de enero de 2015

29 ago 2014

¿Qué es un sacerdote?

(...) Ante un mundo anémico de oración y de adoración, el sacerdote es, en primer lugar el hombre de la oración, de la adoración, del Culto, de la celebración de los santos Misterios.

Ante un mundo sumergido en mensajes consumistas, pansexuales, atacado por el error, presentado en los aspectos más seductores , el sacerdote debe hablar de Dios y de las realidades eternas y, para poderlo hacer con credibilidad, debe ser apasionadamente creyente, ¡como también ser “limpio”!

El sacerdote debe aceptar la impresión de estar en medio de la gente, como uno que parte de una lógica y habla una lengua diversa de los otros («no os conforméis a la mentalidad de este mundo», Rm 12,12). Él no es como “los otros”. Lo que la gente  espera de él  es precisamente que no sea “como los demás”.

Ante un  mundo sumergido en la violencia y corroído por el egoísmo, el sacerdote debe ser el hombre de la caridad. Desde las alturas purísimas del amor de Dios, del que realiza una particularísima experiencia, desciende al valle, donde muchos viven su vida de soledad, de incomunicabilidad, de violencia, para anunciarles misericordia, reconciliación y esperanza.

El sacerdote responde a las exigencias de la sociedad, haciéndose voz de quien no tiene voz: los pequeños, los pobres, los ancianos, los oprimidos, marginados.

No pertenece a sí mismo sino a los demás. No vive para sí y no busca lo que es suyo. Busca lo que es de Cristo, lo que es de sus hermanos. Comparte las alegrías y los dolores de todos, sin distinción de edad, categoría social, procedencia política, práctica religiosa.      

Él es el guía de la porción del Pueblo, que le ha sido confiada. Ciertamente, no jefe de un ejército anónimo, sino pastor de una comunidad formada por personas que cada una tiene un nombre, su historia, su destino, su secreto.

El sacerdote tiene la difícil tarea, pero eminente, de guiar estas personas con la mayor atención religiosa y con el escrupuloso respeto de su dignidad humana, de su trabajo, de sus derechos, con la plena conciencia de que, entonces, la condición de hijos de Dios corresponde en ellos a una vocación eterna, que se realiza en la plena comunión con Dios.

El sacerdote no dudará en entregar la vida, o en una breve pero intensa temporada de dedicación generosa y sin límites, o en una donación cotidiana, larga, en el estilicidio de humildes gestos de servicio a su pueblo, tendiendo siempre a la defensa y formación de la grandeza humana y del crecimiento cristiano de cada fiel y de todo su pueblo.  

Un sacerdote debe ser contemporáneamente pequeño y grande, noble de espíritu como un rey, sencillo y natural como un campesino. Un héroe  en la conquista de sí, el soberano de sus deseos, un servidor de los pequeños y débiles; que no se humilla ante los poderosos, pero que se inclina ante los pobres y pequeños, discípulo de su Señor y cabeza de su grey.

Ningún don más precioso se puede regalar a una comunidad de un sacerdote según el corazón de Cristo. (...)

Card. Mauro Piacenza
4 de octubre de 2011

Sobre la Verdad...

"Benedetto XVI  ha parlato molte volte di relativismo, della tendenza cioè a ritenere che non ci sia nulla di definitivo e a pensare che la verità venga data dal consenso o da quello che noi vogliamo. Sorge la domanda: esiste veramente “la” verità? Che cos’è “la” verità? Possiamo conoscerla? Possiamo trovarla? Qui mi viene in mente la domanda del Procuratore romano Ponzio Pilato quando Gesù gli rivela il senso profondo della sua missione: «Che cos’è la verità?» (Gv 18,37.38). Pilato non riesce a capire che “la” Verità è davanti a lui, non riesce a vedere in Gesù il volto della verità, che è il volto di Dio. Eppure, Gesù è proprio questo: la Verità, che, nella pienezza dei tempi, «si è fatta carne» (Gv 1,1.14), è venuta in mezzo a noi perché noi la conoscessimo. La verità non si afferra come una cosa, la verità si incontra. Non è un possesso, è un incontro con una Persona."

Papa Francisco
Audiencia general
13 de mayo de 2013

Sobre el Amor...

Gran cosa es el amor: un bien inmenso, ciertamente; es lo único que hace ligero cuanto es penoso, y hace que se sufra con ánimo igual todo lo desigual. Porque lleva el peso sin sentirlo, y todo lo amargo lo torna dulce y sabroso.

El noble amor de Jesús nos empuja a llevar a cabo grandes empresas y nos mueve a desear siempre lo más perfecto. El amor, de suyo impetuoso, tiende hacia las cumbres, y no consiente que las cosas rastreras los detengan aquí abajo.

(...) No hay nada más dulce que el amor; nada más fuerte, nada más alto y sublime; nada más vasto, ni más delicioso ni más cumplido; no hay nada mejor en el cielo ni en la tierra. Como que el amor nació de Dios, y por eso no puede descansar más que en Dios, elevándose por encima de todas las cosas creadas.

El que ama corre, vuela y está poseído de la alegría; es libre y nada ni nadie es capaz de retenerlo en su carrera. (...)

Tomás de Kempis

13 feb 2012

Jesús derriba toda barrera entre Dios y la impureza humana

En el Ángelus de este domingo, Benedicto XVI comentó el evangelio del día, sobre la curación de un leproso.

El papa destacó que Jesús no evade el contacto con este hombre, sino que extiende su mano y le toca.

Y subrayó: “En ese gesto y en esas palabras de Cristo está toda la historia de la salvación, donde está incorporada la voluntad de Dios de sanarnos y purificarnos del mal que nos desfigura y que arruina nuestras relaciones. En aquel contacto entre la mano de Jesús y el leproso, fue derribada toda barrera entre Dios y la impureza humana, entre lo sagrado y su opuesto, no para negar el mal y su fuerza negativa, sino para demostrar que el amor de Dios es más fuerte que cualquier mal, incluso de lo más contagioso y horrible”.

Recordó luego el pontífice la experiencia con los leprosos de san Francisco de Asís y la tranformación que experimentó en sí el santo: “ ¡Esta es la victoria de Cristo, que es nuestra sanación profunda y nuestra resurrección a una vida nueva!”

20 ene 2012

Carta a Dios

GRACIAS. CON ESTA PALABRA PODRÍA CONCLUIR ESTA CARTA, DIOS MÍO, AMOR MÍO. Porque eso es todo lo que tengo que decirte: gracias, gracias. Sí, desde la altura de mis cincuenta y cinco años, vuelvo mi vista atrás, ¿qué encuentro sino la interminable cordillera de tu amor? No hay rincón en mi historia en el que no fulgiera tu misericordia sobre mi. No ha existido una hora en que no haya experimentado tu presencia amorosa y paternal acariciando mi alma.

Ayer mismo recibía la carta de una amiga que acaba de enterarse de mis problemas de salud, y me escribe furiosa: «Una gran carga de rabia invade todo mi ser y me rebelo una vez y otra vez contra ese Dios que permite que personas como tú sufran.» ¡Pobrecita! Su cariño no le deja ver la verdad. Porque -aparte de que yo no soy más importante que nadie- toda mi vida es testimonio de dos cosas: en mis cincuenta años he sufrido no pocas veces de manos de los hombres. De ellos he recibido arañazos y desagradecimientos, soledad e incomprensiones. Pero de ti nada he recibido sino una interminable siembra de gestos de cariño. Mi última enfermedad es uno de ellos.

Me diste primero el ser. Esta maravilla de ser hombre. El gozo de respirar la belleza del mundo. El de encontrarme a gusto en la familia humana. El de saber que, a fin de cuentas, si pongo en una balanza todos esos arañazos y zancadillas recibidos serán siempre muchísimo menores que el gran amor que esos mismos hombres pusieron en el otro platino de la balanza de mi vida. ¿He sido acaso un hombre afortunado y fuera de lo normal? Probablemente. Pero ¿en nombre de qué podría yo ahora fingirme un mártir de la condición humana si sé que, en definitiva, he tenido más ayudas y comprensión que dificultades?

Y, además, tú acompañaste el don de ser con el de la fe. En mi infancia yo palpé tu presencia a todas horas. Para mí, tu imagen fue la de un Dios sencillo. Jamás me aterrorizaron con tu nombre. Y me sembraron en el alma esa fabulosa capacidad: la de saberme amado, la de experimentar tu presencia cotidiana en el correr de las horas.

Hay entre los hombres -lo sé- quienes maldicen el día de su nacimiento, quienes te gritan que ellos no pidieron nacer. Tampoco yo lo pedí, porque antes no existía. Pero de haber sabido lo que sería mi vida, con qué gritos te habría implorado la existencia, y ésta, precisamente, que de hecho me diste.

Supongo que fue absolutamente decisivo el nacer en la familia que tú me elegiste. Hoy daría todo cuanto después he conseguido sólo por tener los padres y hermanos que tuve. Todos fueron testigos vivos de la presencia de tu amor. En ellos aprendí -¡qué fácilmente!- quién eras y cómo eres. Desde entonces amarte -y amar, por tanto, a todos y a todo- me empezó a resultar cuesta abajo. Lo absurdo habría sido no quererte. Lo difícil habría sido vivir en la amargura. La felicidad, la fe, la confianza en la vida fueron, para mí, como el plato de natillas que mamá pondría, infallablemente, a la hora de comer. Algo que vendría con toda seguridad. Y que si no venía, era simplemente porque aquel día estaban más caros los huevos, no porque hubiera escaseado el amor. Entonces aprendí también que el dolor era parte del juego. No una maldición, sino algo que entraba en el sueldo de vivir; algo que, en todo caso, siempre sería insuficiente para quitarnos la alegría.

Gracias a todo ello, ahora -siento un poco de vergüenza al decirlo- ni el dolor me duele, ni la amargura me amarga. No porque yo sea un valiente, sino sencillamente porque al haber aprendido desde niño a contemplar ante todo las zonas positivas de la vida y al haber asumido con normalidad las negras, resulta que, cuando éstas llegan, ya no son negras, sino sólo un tanto grises. Otro amigo me escribe en estos días que podré soportar la diálisis «chapuzándome en Dios». Y a mi eso me parece un poco excesivo y melodramático. Porque o no es para tanto o es que de pequeño me «chapuzaron» ya en la presencia «normal» de Dios, y en ti me siento siempre como acorazado contra el sufrimiento. O tal vez es que el verdadero dolor aún no ha llegado.

A veces pienso que he tenido «demasiado buena suerte». Los santos te ofrecían cosas grandes. Yo nunca he tenido nada serio que ofrecerte. Me temo que, a la hora de mi muerte, voy a tener la misma impresión que en ese momento tuvo mi madre: la de morirme con las manos vacías, porque nunca me enviaste nada realmente cuesta arriba para poder ofrecértelo. Ni siquiera la soledad. Ni siquiera esos descensos a la nada con que tú regalas a veces a los que verdaderamente fueron tuyos. Lo siento. Pero ¿qué hago yo si a mi no me has abandonado nunca? A veces me avergüenzo pensando que me moriré sin haber estado nunca a tu lado en el huerto de los olivos, sin haber tenido yo mi agonía de Getsemaní. Pero es que tú -no sé por qué- jamás me sacaste del domingo de Ramos. Incluso alguna vez --en mis sueños heroicos- he pensado que me habría gustado tener yo también una buena crisis de fe para demostrarte a ti y a mi mismo que la tengo. Dicen que la auténtica fe se prueba en el crisol. Y yo no he conocido otro crisol que el de tus manos siempre acariciantes.

Y no es, claro, que yo haya sido mejor que los demás. El pecado ha puesto su guarida en mí y tú y yo sabemos hasta qué profundidades. Pero la verdad es que ni siquiera en las horas de la quemadura he podido experimentar plenamente la llama negra del mal de tanta luz como tú mantenías a mi lado. En la miseria, he seguido siendo tuyo. Y hasta me parece que tu amor era tanto más tierno cuantas más niñerías hacía yo.

También me gustaría presumir ante ti de persecuciones y dificultades. Pero tú sabes que, aún en lo humano, me rodeó siempre más gente estupenda que traidora y que recibí por cada incomprensión diez sonrisas. Que tuve la fortuna de que el mal nunca me hiciera daño y, sobre todo, que no me dejara amargura dentro. Que incluso de aquello saqué siempre ganas de ser mejor y hasta misteriosas amistades.

Leugo, me diste el asombro de mi vocación. Ser cura es imposible, tú lo sabes. Pero también maravilloso, yo lo sé. Hoy no tengo, es cierto, el entusiasmo de enamorado de los primeros días. Pero, por fortuna, no me he acostumbrado aún a decir misa y aún tiemblo cada vez que confieso. Y sé aún lo que es el gozo soberano de poder ayudar a la gente -siempre más de lo que yo personalmente sabría- y el de poder anunciarles tu nombre. Aún lloro -¿sabes?- leyendo la parábola del hijo pródigo. Aún -gracias a ti- no puedo decir sin conmoverme esa parte del Credo que habla de tu pasión y de tu muerte.

Porque, naturalmente, el mayor de tus dones fue tu Hijo, Jesús. Si yo hubiera sido el más desgraciado de los hombres, si las desgracias me hubieran perseguido por todos los rincones de mi vida, sé que me habría bastado recordar a Jesús para superarlas. Que tú hayas sido uno de nosotros me reconcilia con todos nuestros fracasos y vacíos. ¿Cómo se puede estar triste sabiendo que este planeta ha sido pisado por tus pies? ¿Para qué quiero más ternuras que la de pensar en el rostro de María?

He sido feliz, claro. ¿Cómo no iba a serlo? Y he sido felíz ya aquí, sin esperar la gloria del cielo. Mira, tú ya sabes que no tengo miedo a la muerte, pero tampoco tengo ninguna prisa porque llegue. ¿Podré estar allí más en tus brazos de lo que estoy ahora? Porque éste es el asombro: el cielo lo tenemos ya desde el momento en que podemos amarte. Tiene razón mi amigo Cabodevilla: nos vamos a morir sin aclarar cuál es el mayor de tus dones, si el de que tú nos ames o el de que nos permitas amarte.

Por eso me da tanta pena la gente que no valora sus vidas. Pero ¡sí estamos haciendo algo que es infinitamente más grande que nuestra naturaleza: amarte, colaborar contigo en la construcción del gran edificio del amor!

Me cuesta decir que aquí te damos gloria. ¡Eso sería demasiado! Yo me contento con creer que mi cabeza reposando en tus manos te da la oportunidad de quererme. Y me da un poco de risa eso de que nos vas a dar el cielo como premio. ¿Como premio de qué? Eres un tramposo: nos regalas tu cielo y encima nos das la impresión de haberlo merecido. El amor, tú lo sabes muy bien, es él solo su propia recompensa. Y no es que la felicidad sea la consecuencia o el fruto del amor. El amor ya es, por sí solo, la felicidad. Saberte Padre es el cielo. Claro que no me tienes que dar porque te quiera. Quererte ya es un don. No podrás darme más.

Por todo eso, Dios mío, he querido hablar de ti y contigo en esta página final de mis Razones para el amor. Tú eres la última y la única razón de mi amor. No tengo otras. ¿Cómo tendría alguna esperanza sin ti? ¿En qué se apoyaría mi alegría si nos faltases tú? ¿En qué vino insípido se tornarían todos mis amores si no fueran reflejo de tu amor? Eres tú quien da fuerza y vigor a todo. Y yo sé sobradamente que toda mi tarea de hombre es repetir y repetir tu nombre. Y retirarme.

José Luis Martín Descalzo

16 ene 2012

Si...

Si puedes estar firme cuando en tu derredor
todo el mundo se ofusca y tacha tu entereza;
si cuando dudan todos, fías en tu valor
y al mismo tiempo sabes excusar su flaqueza;
si puedes esperar y a tu afán poner brida,
o blanco de mentiras esgrimir la verdad,
o siendo odiado al odio no dejarle cabida
y ni ensalzas tu juicio ni ostentas tu bondad;

Si sueñas pero el sueño no se vuelve tu rey:
si piensas y el pensar no mengua tus ardores;
si el triunfo o el desastre no te imponen su ley
y los tratas lo mismo, como a dos impostores:
si puedes soportar que tu frase sincera
sea trampa de necios en boca de malvados,
o mirar hecha trizas tu adorada quimera
y tornar a forjarla con útiles mellados...
...si puedes mantener en la ruda pelea
alerta el pensamiento y el músculo tirante
para emplearlos cuando en ti todo flaquea
menos la voluntad que te dice: "Adelante";

Si entre la turba das a la virtud abrigo;
si, marchando con reyes del orgullo has triunfado;
si no pueden herirte ni amigo ni enemigo;
si eres bueno con todos, pero no demasiado,
si puedes llenar los preciosos minutos
con sesenta segundos de combate bravío,
tuya es la Tierra y todos sus codiciados frutos,
y lo que más importa: ¡serás hombre, hijo mío!

Rudyard Kipling, 1909

8 jun 2009

Revelaciones

Yo soy Dios. Yo creé todas las cosas para beneficio de la humanidad, para que todo le sirviera e instruyera. Pero, hasta su propia condenación, los seres humanos abusan de todo lo que hice para su beneficio. Les importa menos Dios y le aman menos que a las cosas creadas. Los judíos prepararon tres tipos de castigo para mí, en mi pasión: primero, la madera en la que, después de haber sido azotado y coronado de espinas, fui colgado; segundo, el hierro, con el cual clavaron mis manos y mis pies; tercero, la hiel que me dieron a beber. Además me lanzaron blasfemias, como si Yo fuera un fatuo debido a la muerte que libremente soporté, y me llamaron falso debido a mis enseñanzas.

El número de personas así se ha multiplicado ahora en el mundo y hay muy pocos que me consuelen. Me cuelgan en el madero por su deseo de pecar; me azotan con su impaciencia, pues nadie soporta ni una palabra por mí, y me coronan con las espinas de su soberbia, que hace que quieran llegar más alto que Yo. Clavan mis manos y pies con el hierro de sus corazones endurecidos, puesto que se glorían de pecar, y se endurecen tanto que no me temen. Por hiel me ofrecen tribulaciones y, por haber sufrido mi pasión con alegría, me llaman falso y vanidoso.

Revelaciones a Santa Brígida