El bello texto que mis cuatro lectores acaban de leer lo escribió, con leves cambios, un muchacho admirable que se llama Eduardo Piña Garcés. Tiene 28 años de edad, y vive en León, Guanajuato. Desde hace ya siete años está postrado en una cama, imposibilitado de todo movimiento, incluso de respirar por cuenta propia, a causa de una lesión medular en las vértebras cervicales.
Eduardo me envió una carta con su padre, hombre en el cual adivino un amor sin límites por su hijo y una admirable fortaleza de espíritu y de cuerpo. En ella me dice esto: "Quiero hacerle un sincero y profundo reconocimiento por los momentos de alegría y buen ánimo que me brinda día tras día a través de sus columnas. Si para una persona sana es importante el buen humor, con mayor razón para alguien como yo. Al principio mi papá me leía el periódico en el hospital, donde duré tres años, tres meses y dos semanas. Después, cuando volví a la casa, él continuó leyéndome sus notas al volver del trabajo. Afortunadamente, en septiembre del año pasado pude comenzar a utilizar la computadora yo solo, gracias a un programa de reconocimiento de la voz, y de esa forma ahora puedo leer sus columnas a través de la página de Internet del periódico. A veces, por la noche, antes de dormir, cuando ya hemos apagado la luz, mi padre y yo nos ponemos a platicar sobre alguno de los temas publicados por usted, y nos gusta el modo en que orienta a la República, además de que coincidimos con usted en cosas como escuchar el canto de un cenzontle, pues nos visita de vez en cuando un ruiseñor. A veces pongo algunos de sus chistes en una página para personas como yo o en situación parecida (la página es http://lesionmedular.org) con la intención de que más personas nos alegremos el día. Mi padre y yo somos muy unidos, y en verdad me gustaría que nos considere dos de sus cuatro lectores...".
Entenderán ustedes que este día no escriba nada yo. Cualquier cosa que escribiera carecería de mérito para acompañar las palabras escritas por Eduardo. A este admirable muchacho, y a su admirable padre, les envío mi gratitud y afecto. Gente como ellos hacen que nuestro mundo sea mejor. A veces desfallecemos y nos rendimos ante un quebranto de la vida, pequeño en ocasiones. Hemos de ver ejemplos como el de Eduardo y su papá, que, enfrentados a la tragedia y al dolor, mantienen la esperanza, y siguen sintiendo la vida, aun en las condiciones más adversas, como un regalo preciosísimo de Dios. Si alguno de mis cuatro lectores quiere entrar en comunicación con ellos, o enviarle a Eduardo algún mensaje, puede hacerlo a través de este correo: correolalo14@yahoo.com.mx. Yo quedo aquí, con un sentimiento de reverencia ante ese espléndido ser humano que proclama la alegría de vivir, y ante su extraordinario padre, que proclama la alegría de amar... FIN.
Catón
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